martes, 28 de octubre de 2008

Es difícil medir los meses y los años cuando uno ha estado tanto tiempo a la deriva en medio del mar. Ya no me acuerdo cómo fue que llegué a esta balsa en medio del olvido, a merced de las caprichosas olas. Pero lo que recuerdo es que no siempre estuve aquí. En algún momento recuerdo haber habitado en una cabaña en el bosque.

Recuerdo que entre la espesa capa de ramas y hojas, lograba vislumbrar pedazos de un cielo tan azul que me hacía suspirar y que me hacía soñar. Tenía por compañero un perro negro de pelo liso y orejas caídas. El día lo pasaba leyendo textos de ciencia y creyendo que encontraría la verdad más absoluta si me dedicaba con afán, a ello. Hasta la noche en que llegó ella.

Acababa de caer la oscuridad en el bosque y había echado unos leños recién cortados al fuego. Sentía como el calor de las llamas inundaban el frío de mi cabaña y hacían bailar las sombras con elegantes túnicas amarillentas. Me preparaba a pasar la velada en compañía de Balzac, cuando Azabache levantó la cabeza y miró hacia la puerta.

---¿Qué te pasa, mi buen? ¿Quieres salir?

Sonó la puerta. Alguien la golpeaba.

Tuve miedo. El corazón me comenzó a latir con fuerza. Y fui a abrir la puerta.

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