miércoles, 24 de septiembre de 2008

Y las cosas marchan

O al menos, eso parece. Desde que estoy a la deriva en esta balsa, en medio de no sé qué mar, las cosas parece que marchan. Pero eso no me consuela. ¿Cómo podría algo consolarme al estar a la deriva en el mar?

Recuerdo el día ---o la noche, la imagen está difusa--- en que apareció la sirena. Salió de entre las olas y agitó el agua salada de su hermosa cabellera rubia. No sé por qué era rubia. Todas las sirenas que conocí en el viaje con Odiseo eran de cabellos castaños y ojos oscuros. Pero así es la vida. Nada es lo que aparenta ser y todo resulta ser lo que no imaginamos que sea.

Sólo estuvo conmigo un instante, pero fue suficiente para darme cuenta de lo irreal que es la vida. Todo es tan estúpido. La cuenta del teléfono, el salario de la oficina, la manera de medir el tiempo. Una y otra vez me lo decía la sirena---: Salta al mar, ven conmigo, no tengas miedo.

---Pero no sé nadar ---fue el primer pretexto que pensé en decirle, pero mis labios estaban secos y partidos por el sol y no podía abrirlos.

---No hace falta que sepas nadar. El agua sólo existe en tu mente. Si te hundes, lo peor que puede pasar es que te ahogues. Mírame a los ojos y dime que ves.

Eran azules como el cielo que se despeja entre las nubes después de la lluvia. Eran una mirada al pasado y al futuro. Eran una esperanza que se oye como un suspiro. Dentro de sus ojos distinguí una mirada que venía de más allá de la realidad. De un lugar que es el lugar en que todos vivimos, pero que nadie logra distinguir. Quise preguntarle qué lugar era ese y por qué me fascinaba tanto, pero sólo había una manera de decirlo.

En sus ojos me vi reflejado. Y en el reflejo de mis ojos la vi a ella, sonriente, bella, inexistente. La suave piel que cubría su cuerpo era la caricia de la brisa del atardecer en la playa. Era un sueño que rehusaba despertar. Era el sonido de la lluvia que cae contra la ventana.

Pero la sirena se había marchado. Y me encuentro sólo en esta balsa a la deriva en medio del mar. Ya he perdido la cuenta de cuanto tiempo he estado flotando en esta balsa hecha con desperdicios de la sociedad. ¿Un año? ¿Dos? El tiempo no pasa en medio del mar. No hay forma de contar los días. Podría haber estado flotando desde siempre. No logro recordar cómo era mi vida antes del naufragio. Quizás mañana lo recordaré.

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